Cuando estaba en el avión, se me ocurrió una idea para agradar a mi amo. Aprovechando que tenía ganas de ir al baño, hice pis y me quité las bragas y las metí en el bolso. Cuando volví al asiento, tenía una sensación rara y extraña que me provocaba nerviosismo y erotismo a la vez. Pensaba que todo el mundo me veía que no llevaba nada debajo de la minifalda muy cortita que Él me había obligado a llevar. Disfruté como una loca en ese rato. Era como una niña pequeña transgediendo la norma que su mamá le había impuesto. Aquí la norma era la imposición social que impone unos cánones mínimos de decencia.
Al notar que el avión descendía, aumentó mi nerviosismo. El viaje en avión y la salida de mi país eran la primera ocasión que tenía de conocer algo más que mi ciudad. Ya sólo por eso se justificaba mi estado de nervios. Pero, por otra parte, me enfrentaba a un cambio de vida radical, como entre el día más luminoso y la noche más oscura. Mi vida iba a dar un giro de 180 grados. Era posible que incluso no volviera a Grecia nunca, o sólo para ver a mi familia. Todo dependía de las órdenes e imposiciones de Él, a las que yo estaba dispuesta a acatar y obedecer al 100%, aún a costa de cualquier sacrificio.
Pero todo resultó a pedir de boca. Yo hacía lo que los demás pasajeros hacían. Recogí el equipaje y pasé la aduana sin ningún problema. Y de repente me encuentro con Él. Allí estaba, alto y delgado, con buen aspecto y, si se me permite, sexy y atractivo.
Nos reconocimos al instante. Me dio dos besos en las mejillas y una calurosa bienvenida. Nos fuimos hacia una cafetería del aeropuerto, pero yo arrastraba mi pesada maletas. Él no hizo ni la más mínima intención de ayudarme. Por otra parte, supongo que era lógico, ya que yo iba a ser su esclava.
Al llegar a la cafetería, me presentó a una chica portuguesa llamada María. Al principio, me quedé muy extrañada, pero recordé que me había dicho que iba a compartir experiencias con otras dos chicas. Supuse que María era una de ellas. A su lado había una maleta, por lo que supuse que también había llegado de viaje un rato antes que yo.
Él me cogió de la mano y me llevó a un rincón poco transitado del aeropuerto. Allí había menos luz y pasaba menos gente. Me puso de espalda a la pared, me besó con fuerza, haciendome daño en los labios y me metió mano por debajo de la falda. Se sorprendió al ver que no llevaba ropa interior. Le dije que era una sorpresa. Le encató pero decidió volver pronto por no llamar mucho la atención.
Una vez de vuelta en la cafetería, estuvimos un rato los tres hablando. Yo pedí un café con leche y un curasán. Hablamos lo que pudimos, ya que ni María ni yo sabíamos mucho inglés. Al cabo de una hora. Él se fue. Tanto María como yo pasamos una media hora muy mala hasta que Él regresó. Pero no regresó solo, sino acompañado. Vino con una chica española de nombre Clara. Esto me pareció rara, pues en la web cuyo dirección me envió todas eran extranjeras, no había ninguna española. Pero Él no tardó en salir a por la última de nosotras. Mientras esperábamos, me enteré que el nombre de nuestro amo es Martín. Este fue el primer nombre en español que aprendí. Y también aprendí que no éramos tres, sino cuatro. Me sentí un poco discriminada por ser la última en enterarme.
Después de un breve tiempo de espera tan embarazoso como el anterior pero mucho más corto, regresó con una chica joven muy bonita. Era alemana y se llamaba Zelinda. Era alta, delgada, de pelo a media melena, lacio y rubio. Una preciosidad de mujer. Sexy y bonita como ninguna mujer que hubiera visto antes y muy superior a cualquiera de nosotras tres.
Cada una cogió su equipaje y salimos las cuatro camino del aparcamiento del aeropuerto, conducidos por Martín. Nos dirigimos a un BMW serie 7 (Esto lo supe después porque no entiendo nada de coches), que a me pareció un poco antiguo. Martín se empeñó en meternos a las cuatro allí dentro desnudas. Para ello lo había aparcado en un lugar apartado detrás de una furgoneta bien alta. Nadie nos podía ver (al menos eso esperaba yo). Nos desnudamos y nos metimos las cuatro en el maletero. Aunque el espacio era grande, estábamos las cuatro apretadas como sardinas en lata. Nuestras maletas viajaban como pasajeras. Nosotras en su lugar, ellas en el nuestro.

Al principio entraba poco aire para las cuatro, pero cuando el coche cogió velocidad, entraba más que suficiente.Tras algo más de media hora de viaje, el ruido del tráfico amainó y el auto se detuvo, oímos un ruido que yo identifiqué como de una cancela al abrirse. El auto se movió de nuevo durantes unos segundos, el auto se detuvo, oimos otro ruido y el auto se movió unos pocos metros. Después oimos el mismo ruido otra vez. Oimos como Martín bajaba del auto e introducía la llave en la cerradura. La puerta del maletero se abrió y lo primero que vi fue la figura de nuestro amo recortándose contra una luz artificial. Yo fui la primera que entré y, por tanto, la última en salir. Cuando me puse en pie, vi que estábamos en un garaje grande con varios coches.
El viaje fue horrible. Fuimos las cuatro desnudas en contacto las unas con las otras. Nunca en mi vida había estado en contacto, piel con piel, con otra mujer.
Al notar que el avión descendía, aumentó mi nerviosismo. El viaje en avión y la salida de mi país eran la primera ocasión que tenía de conocer algo más que mi ciudad. Ya sólo por eso se justificaba mi estado de nervios. Pero, por otra parte, me enfrentaba a un cambio de vida radical, como entre el día más luminoso y la noche más oscura. Mi vida iba a dar un giro de 180 grados. Era posible que incluso no volviera a Grecia nunca, o sólo para ver a mi familia. Todo dependía de las órdenes e imposiciones de Él, a las que yo estaba dispuesta a acatar y obedecer al 100%, aún a costa de cualquier sacrificio.
Pero todo resultó a pedir de boca. Yo hacía lo que los demás pasajeros hacían. Recogí el equipaje y pasé la aduana sin ningún problema. Y de repente me encuentro con Él. Allí estaba, alto y delgado, con buen aspecto y, si se me permite, sexy y atractivo.
Nos reconocimos al instante. Me dio dos besos en las mejillas y una calurosa bienvenida. Nos fuimos hacia una cafetería del aeropuerto, pero yo arrastraba mi pesada maletas. Él no hizo ni la más mínima intención de ayudarme. Por otra parte, supongo que era lógico, ya que yo iba a ser su esclava.
Al llegar a la cafetería, me presentó a una chica portuguesa llamada María. Al principio, me quedé muy extrañada, pero recordé que me había dicho que iba a compartir experiencias con otras dos chicas. Supuse que María era una de ellas. A su lado había una maleta, por lo que supuse que también había llegado de viaje un rato antes que yo.
Él me cogió de la mano y me llevó a un rincón poco transitado del aeropuerto. Allí había menos luz y pasaba menos gente. Me puso de espalda a la pared, me besó con fuerza, haciendome daño en los labios y me metió mano por debajo de la falda. Se sorprendió al ver que no llevaba ropa interior. Le dije que era una sorpresa. Le encató pero decidió volver pronto por no llamar mucho la atención.
Una vez de vuelta en la cafetería, estuvimos un rato los tres hablando. Yo pedí un café con leche y un curasán. Hablamos lo que pudimos, ya que ni María ni yo sabíamos mucho inglés. Al cabo de una hora. Él se fue. Tanto María como yo pasamos una media hora muy mala hasta que Él regresó. Pero no regresó solo, sino acompañado. Vino con una chica española de nombre Clara. Esto me pareció rara, pues en la web cuyo dirección me envió todas eran extranjeras, no había ninguna española. Pero Él no tardó en salir a por la última de nosotras. Mientras esperábamos, me enteré que el nombre de nuestro amo es Martín. Este fue el primer nombre en español que aprendí. Y también aprendí que no éramos tres, sino cuatro. Me sentí un poco discriminada por ser la última en enterarme.
Después de un breve tiempo de espera tan embarazoso como el anterior pero mucho más corto, regresó con una chica joven muy bonita. Era alemana y se llamaba Zelinda. Era alta, delgada, de pelo a media melena, lacio y rubio. Una preciosidad de mujer. Sexy y bonita como ninguna mujer que hubiera visto antes y muy superior a cualquiera de nosotras tres.
Cada una cogió su equipaje y salimos las cuatro camino del aparcamiento del aeropuerto, conducidos por Martín. Nos dirigimos a un BMW serie 7 (Esto lo supe después porque no entiendo nada de coches), que a me pareció un poco antiguo. Martín se empeñó en meternos a las cuatro allí dentro desnudas. Para ello lo había aparcado en un lugar apartado detrás de una furgoneta bien alta. Nadie nos podía ver (al menos eso esperaba yo). Nos desnudamos y nos metimos las cuatro en el maletero. Aunque el espacio era grande, estábamos las cuatro apretadas como sardinas en lata. Nuestras maletas viajaban como pasajeras. Nosotras en su lugar, ellas en el nuestro.

Al principio entraba poco aire para las cuatro, pero cuando el coche cogió velocidad, entraba más que suficiente.Tras algo más de media hora de viaje, el ruido del tráfico amainó y el auto se detuvo, oímos un ruido que yo identifiqué como de una cancela al abrirse. El auto se movió de nuevo durantes unos segundos, el auto se detuvo, oimos otro ruido y el auto se movió unos pocos metros. Después oimos el mismo ruido otra vez. Oimos como Martín bajaba del auto e introducía la llave en la cerradura. La puerta del maletero se abrió y lo primero que vi fue la figura de nuestro amo recortándose contra una luz artificial. Yo fui la primera que entré y, por tanto, la última en salir. Cuando me puse en pie, vi que estábamos en un garaje grande con varios coches.
El viaje fue horrible. Fuimos las cuatro desnudas en contacto las unas con las otras. Nunca en mi vida había estado en contacto, piel con piel, con otra mujer.

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