Mi nombre es Helena, soy griega y nací en Atenas en una familia trabajadora y pobre, del lumpen proletariado como dicen los izquierdistas. De pequeña no tenía más juguetes que unos pocos viejos y deteriorados lo que me llevaba a jugar con cualquier cosa. Llevaba siempre ropa usada que pronto acababa deteriorada y rota. Comíamos poco y por ello crecí flacucha como un palillo de los dientes. Pero lo peor de todo era la carencia de afectos. Mis padres no me trataban mal, pero ambos trabajaban hasta muy tarde y llegaban cansados a casa. Tampoco teníamos una abuela, o en su defecto, un abuelo que nos diera cariño. Así que en vez de convivir, vivíamos junto bajo el mismo techo.
Ahora mi país es noticia en el mundo entero por la violencia callejera para protestar contra unos recortes presupuestarios que matan a la gente de hambre. Pero cuando yo nací hace 25 años la situación ya era así para una capa de la población más reducida, entre las que estábamos nosotros. Tampoco quiero dramatizar en exceso porque en nuestro barrio habían familias que vivían en peores condiciones, sobre todo por los vicios como el alcohol y las drogas, que por otra parte acababan siempre en violencia familiar que, como siempre, perjudicaba a los más débiles y desprotegidos: los niños.
En estas circunstancias, yo era rebelde. Y a mi padre no se le ocurrió una idea mejor que castigar mi rebeldía ponéndome sobre sus rodillas, subiendo mi vestido (si llevaba pantalones, me los bajaba), bajándome las bragas hasta las rodillas y dándome azotes con su mano desnuda sobre mis nalgas. Yo tenía una sensación rara y confusa. Digamos que como el tocino entreverado: una mezcla de sentimientos opuestos. Me sentía indignada por el castigo físico al tiempo que físicamente complacida con la humillación sicológica. Yo creo que era el desnudarme y recibir el castigo físico en el culo lo que me complacía. Mi padre me desnudaba él mismo, no dejaba que lo hiciera yo, me ponía sobre sus rodillas y me daba palmadas con la mano abierta en las nalgas. Sentía humillación de pensar que mi padre me veía mi rajita por entre las nalgas.
Esto duró durante muchos años. La verdad es que no recuerdo cuando empezó, pero si recuerdo cuando terminó. Yo me portaba mal adrede para ser castigada, pero cuando cumplí los trece, mi madre pensó que ya no era el castigo apropiado para una adolescente. La siguiente vez que me porté mal, mi madre me pegó un sonoro y doloroso bofetón que me tiró al suelo. A partir de ese día frecuenté cada vez más la calle y pronto perdí la virginidad.
Pero las relaciones sexuales no me gustaban del todo. Me faltaba mi paliza en las nalgas sobre las rodillas de un chico, pero al principio, no me atreví a pedirselo a ningún chico. Cuando pasaron algunos años, se lo pedi a un chico mayor, a un estudiante universario que era de otra ciudad y vivía en un piso con otros dos estudiantes. Lo hicimos una sola vez, pero ya no era lo mismo. Después de meditar sobre ello, llegué a la conclusión de que la causa era la falta de entusiasmo de él. A veces la buena voluntad no basta. Y mi padre si tenía ese entusiasmo.
Y me olvidé del tema durante algún tiempo.
A fines de 2010 la situación de nuestra familia era peor. Mis padres trabajaban menos y además cobraban menos por hora. La gente que antes tenía un empleo mejor y ahora estaban en la calle, buscaban cualquier empleo. Las empleadas de comercio, por poner un ejemplo, limpiaban pisos. Y mucha gente que antes buscaba una limpiadora, ahora lo hacían para ahorrarse ese gasto. Desde los dieciseis dejé la escuela y ayudaba a mi madre a limpiar oficinas y pisos. Antes cobrabamos 15€ la hora cada una y trabajábamos 10 horas diarias de promedio. En diciembre cobrábamos 8 y solo conseguíamos trabajo por unas 7 u 8 horas. Mi padre aguantó pero el 15 de diciembre fue despedido. Siempre habíamos ido justos de efectivo, pero entonces ganábamos la mitad que antes.
Durante las Navidades conseguí un trabajo de limpiadora de unas oficinas. Trabajaba a partir de las ocho, cuando los oficinistas se habían ido. Uno dejaba el ordenador en marcha porque bajaba cosas de internet por la noche. Durante esos días me vino a la cabeza una idea brillante que podía salvarme de esa situación: buscaría un hombre rico que buscase una esclava y quisiese pagar por ello, aunque fuera muy poco.
Viviendo como vivía, no tenía mucha experiencia en ordenadores. Estos aparatos son de clase media y yo no lo era. Pero recordé que una vecina se divorció de su marido porque averiguó que tenía una amante y supo que chateaba con ella desde casa. Averiguó que y con quién se escribía en su ausencia. Debía tomar las máximas precauciones, no fuera que me quedara sin trabajo.
Lo primero que hice fue buscar en los foros de Internet un programa gratis para borrar rastos de la navegación. Lo bajé y lo instalé. Después creé una cuenta de coreo gratis y me puse a buscar. Aquella noche no encontré nada. De hecho no lo encontré hasta la semana siguiente. Primero limpiaba. Después de buscar, cerraba el navegador, borraba todos los rastros de mi navegación, desinstalaba el programa y me iba a casa. El vigilante, a quién le tenía que devolver las llaves, me preguntaba que porqué tardaba tanto. Le dije con una sonrisa cómplice que chateaba con mi novio un rato. Él sonrió guiñando un ojo.
La verdad es que solo disponía del ordenador una hora, desde las doce hasta la una. Mirándolo con la perspectiva que da el tiempo, fue una suerte que encontrase el anuncio tan pronto.
El anuncio era de un chico de Madrid de unos 30 años, rico, sin padres y sin hermanos, que buscaba una esclava y, esto era lo más importante, pagaba mil euros al mes. ¡Mil euracos como dicen en España! Pero lo más importante era que ¡¡¡los mil euros podían quedar para mi enteritos!!! Además de ganar dinero iba a vivir gratis en su casa.
Obviamente el corazón se me desbocó. Me hacia ilusiones, muchas ilusiones. Me fuí a casa muy contenta. Pero al llegar a casa, mi estado de ánimo bajó. En primer lugar, sospeché que recibiría muchas respuestas. ¿Y si no elegía la mía? ¿Y si no me respondía?
Por otra parte, necesitaba contestar. Para ello necesitaba una tarjeta con dinero para pagar los 50 dólares que me pedían para recibir la dirección de correo del chico. Tenía que conseguir una. Aquella noche no pude dormir hasta muy tarde. En mi familia nadie tenía ni había tenido nunca tajeta. Y este primer obstáculo me preocupaba.
Como sólo trabajaba por la noche, tenía todo el día para conseguir una tarjeta. Y pensé que la única manera de conseguir una tarjeta de crédito era robarla. Me pasé todo el día paseando por el centro comercial y turístico de Atenas buscando una oportunidad. Nunca había robado nada, y si no lo hice, no fue por falta de ganas. Pero me asustaba que me cogieran.
A media tarde, después de estar todo el día dando tumbos por aquí y por allá, ojeando a ver si salía una oportunidad, vi salir de una cafetería céntrica a dos hombres. Uno de ellos tenía unos 40 años y era bastante gordo, y su acompañante era un hombre de unos 60. El gordo llevaba la corbata abierta y la chaqueta del traje doblada y colgada en su codo izquierdo. En un bolsillo vi la parte superior de una cartera. Me dije: "Esta es mi última oportunidad. Nunca se me presentará una oportunidad tan clara como esta." Les seguí y cuando pararon en un semáforo en rojo, me puse a su izquierda (obviamente el hombre mayor estaba al otro lado) y puse mi mano en su bolsillo de la chaqueta y estiré con mucho cuidado. La mano me temblaba un montón, como si tuviera parkinson. Cuando el semáforo se puso verde, yo continúe al mismo paso y ligeramente detrás de ellos, porque pensé que así no levantaría sospechas. A los pocos metros se metieron en un edificio de oficinas. Lo que yo pensé: eran ejecutivos que habían salido ha tomar algo a la cafetería más cercana para despejarse un poco.
Cuando pensé que me encontraba a salvo, miré lo que había en la cartera: casi 500€, documento de identidad y dos tarjetas de crédito. ¡Bingo! Miré el reloj y aún me quedaba una hora para tomar un autobús para ir al trabajo. Tenía que actuar de prisa antes de que el gordo anulara las dos tarjetas. Fui a un banco, miré en su documento la fecha de nacimiento y probé con el año, primero tal como se lee y después al revés. Después probé con el día y el mes de nacimiento, primero en el sentido normal y después al revés. No salió. Estaba desesperada. Habían varios papeles, y en uno estaba anotado el número de móvil. Mucha gente no sabe su número de móvil. Supongo que el gordo lo llevaba anotado por ello. Tecleé los cuatro primeros números, los cuatro últimos, tanto del derecho como del revés. Desesperada y casi llorando, tecleé los cuatro números centrales. ¡Bingo! ¡Acerté!
De una tarjeta pude sacar 2.000€. La otra la reservé para pagar por internet. Me fui corriendo a trabajar. El vigilante me riñó por llegar tarde. Le pedí que retrasara el reloj de fichar. Me dijo que no podía hacerlo. Necesitaba mi trabajo por si algo salía mal. Le dije que se la chupaba a cambio de retrasar el reloj. En la empresa eran muy estrictos. Acertó pero me dijo: "Tienes que tragarte la leche entera y limpiarme la polla con tu lengua. Mi mujer es una vieja zorra que se las sabe todas."
Una vez en la oficina, me senté al ordenador y una vez en la web, seguí las instrucciones que me pedían. Introduje los datos de la tarjeta y todo fue bien. Así obtuve la dirección de correo de "estrict", así se hacía llamar.
Le escribí un mail muy corto en inglés porque aunque sabía algo de inglés, no era como para escribir una novela. Usé frases simples y cortas, tal como nos recomendaba nuestra profesora de inglés. Simplemente le dije que me encantaría ser su esclava y que por mil euros al mes, comida, ropa y alojamiento aparte, era capaz de hacer todo lo que me mandase. Después me puse a trabajar.
Antes de irme a casa, abrí de nuevo mi correo y allí estaba la respuesta. Me pidió una foto de mi cara tomada por mi misma frente al espejo con el móvil. Y si le gustara mi cara, me contestaría para pedirme alguna foto desnuda frente al espejo. Me fui al cuarto de baño de la oficina y me saqué la foto. La adjunté a otro mail y lo envié. Cerré la cuenta de correo, bajé de nuevo el programa, lo instalé, borré todo, lo desinstalé y me fui a casa cerca de las dos de la mañana. Desde la parada del autobús hasta casa tenía un buen trayecto caminando, así que paré en un banco y saqueé la segunda tarjeta y las tiré a un contenedor de una obra.
Al día siguiente estaba supernerviosa esperando que llegara la hora de ir a trabajar. Nunca en mi vida había tenido ganas de ir a trabajar, y ahora lo deseaba 100X100. Pensé en ir a un ciber pero pensé que no tendria bastante intimidad, así que esperé. Cuando llegué, seguí el procedimiento habitual y cuando abrí mi correo, allí estaba su mensaje. En él me dijo que le enviara varias fotos desnuda, pero como ÉL estaba conectado, pudimos chatear malamente por culpa de mis pocos conocimientos del inglés. Le pregunté si el hecho de haberme pedido las nuevas fotos es que estaba seleccionada o algo así. Me contestó que buscaba en su chica dos cosas: que estuviese bastante bien físicamente, y que la foto que le envié me vio bastante guapa, y que fuese sumamente obedientes. Yo le contesté que estaba dispuesta a obedecerle en todo y ÉL me respondió que eso lo comprobaría ÉL mismo si yo resultaba seleccionada. Llegado a este punto, ÉL decidió dar por terminada la conversación.
Me hice las fotos tal como me pidió (de frente, de ambos perfiles y de espalda enseñando el culo) y se las envié. Como estaba conectado, le pedí su opinión sobre las fotos y me dijo que tenía que tomarse su tiempo para compararlas con fotos de otras chicas. Le supliqué su opinión, le dije algo así que me ponía online de rodillas para suplicarle que opinaba de mis fotos. Naturalmente, no estaba de rodillas pues el ordenador no tenía cámara. Me contestó que las fotos desnuda le confirmaron lo que la foto del primer plano le sugirió: que físicamente yo era guapa. Y añadió que sólo faltaba mi disposición a la obediencia. Le contesté que estaba muy dispuesta a obedecerle en todo. Me pidió que le escribiera mi nombre, teléfono fijo, nº de móvil y dirección, y así lo hice. Me extrañó que me lo pidiera en lugar de ordenármelo, y se lo dije, y ÉL me constestó que ya me daría ordenes si me convertía en su esclava, que tuviera paciencia. Le reiteré mi disposición a obedecerle en todo en cuanto me mandara. Me dijo: "Te voy a hacer dos preguntas. Quiero que contestes la verdad." Enseguida sospeché que era una especie de prueba. Y efectivamente lo era. Primero me preguntó si sabía lo que significaban las palabras "kill", "murder" y "assassinate". Respondí que si. Me preguntó si estaba dispuesta a matar si ÉL me lo ordenaba. Una idea cruzó por mi cabeza como un relámpago. Me di cuenta de que la prueba no sólo consistía en responder si o no, sino la rapidez con que respondía. Sin dudarlo contesté enseguida que si. Obviamente, Él era muy listo. La segunda pregunta era si estaba dispuesta a quedarme embarazada y que me quitara el niño para no verlo nunca más, y yo respondí que si. Al igual que en la anterior ocasión, primero me preguntó si conocía el significado de varias palabras clave.
Estaba claro que Él jugaba fuerte. Al día siguiente tenía un mail en la bandeja de recibidos. En él me decía que había subido mis fotos a una web suya y me pasaba el enlace. Se llamaba would-be my female slaves, o sea, algo así como las aspirante a ser mis esclavas. El enlace me dirigió a una parte de la web donde había subido mis fotos desnuda. Además había escrito mi nombre, mi dirección postal y hasta mi teléfono. Todo el mundo podía ver mis fotos, pero además podía llamar al teléfono fijo de la casa de mis padres y decirles cualquier cosa. Me quedé aterrada, confundida y terriblemente enojada.
Ojeé la página web y vi que había 84 aspirantes a ser sus esclavas y todas tenían fotos publicadas en cueros. Vi que había mucha competencia pero que que yo era una de las más guapas y sexis.
Al día siguiente tenía otro mail en él que quería que le contara mis sentimientos al ver las fotos publicadas. Le contesté que más que las fotos me indignó que publicara mis datos personales. Me contestó que si quería que los borrara, lo borraría todo, hasta las fotos, y que ya no seguiría siendo candidata. Dijo que ya había borrado 4 perfiles. Le contesté que no quería, pero aproveché la ocasión de decirle que yo era una de las más guapas y sexis, que estaba entre las 10 primeras, y que en disposición a obedecerle, estaba la primera. Me contestó que efectivamente era de las más guapas y sexis.
Durante las dos próximas semanas se negó a chatear conmigo. Una vez me aseguró que estaba chateando con otras aspirantes. Pero al cabo de ese tiempo, se puso a chatear conmigo y me comunicó que yo era ya una de sus tres esclavas. ¿Tres?, contesté yo. Si, tres, contestó. Como tengo bastante dinero para tener tres esclavas, me doy ese lujo. A pesar de la novedad, me alegré un montón. Por fin iba a ver mi vida resuelta y haciendo lo que más me gustaba. Por un lado no me gustaba la idea de compartirle con otras pero, por otro lado, le daba más interés al asunto.
Pero de repente me entró pánico y le pregunté si era un amo muy sádico, de hacer mucho daño. Y me contestó que no, que sólo me pegaría un poco, pero que el castigo sicológico a veces era mucho peor. Y que de este tipo de castigo me iba a dar mucho.
Le pregunté que tenía que hacer, y me contestó que esperar unos días a que lo preparara todo. Que mientras tanto, siguiese con mi vida normal y que leyese mi correo.
Tres días más tarde me preguntó como estaba de ropa. Le dije que tenía poca y de baja calidad. Me contestó que me iba a mandar 5.000€ para que me comprara ropa de buena calidad. Ropa de verano y sexi, faldas y vestidos cortos y blusas escotadas. Y que le mandara fotos de la ropa que comprara.
También me mandó una foto suya desde la cintura para arriba. La verdad es que no estaba nada mal. Alto, delgado, de unos 30 años y con bola en los brazos. Se notaba que iba al gimnasio.
En cuanto recibí el dinero, me compré la ropa que me pedía y como me la pedía. Me compré dos vestidos cortos y con faldas con vuelo, otros dos cortos y ajustados al talle marcando muy bien las curvas de mi cuerpo, dos faldas muy cortas, tres blusas muy escotadas y algo de ropa interior. Nunca había tenido ropa de este estilo y tan bonita. Al principio me sentía muy rara, pues desde que dejé de ser niña abandoné los vestidos y las faldas por los pantalones, mucho más prácticos para la gente pobre.
Obviamente mis padres se extrañaron, pero eludí el tema de mi nueva ropa como pude. Aquel fin de semana me saqué fotos frente al espejo del cuarto de baño con mi nueva ropa y el lunes se las envié a Él por la noche desde la oficina, tal como habíamos pactado. Me compró un billete de avión para Madrid.
El día señalado, partí con muchos nervios en avión con destino Madrid. Iba a iniciar una nueva vida, completamente diferente a la anterior, pero eso merece una entrada nueva.
Viviendo como vivía, no tenía mucha experiencia en ordenadores. Estos aparatos son de clase media y yo no lo era. Pero recordé que una vecina se divorció de su marido porque averiguó que tenía una amante y supo que chateaba con ella desde casa. Averiguó que y con quién se escribía en su ausencia. Debía tomar las máximas precauciones, no fuera que me quedara sin trabajo.
Lo primero que hice fue buscar en los foros de Internet un programa gratis para borrar rastos de la navegación. Lo bajé y lo instalé. Después creé una cuenta de coreo gratis y me puse a buscar. Aquella noche no encontré nada. De hecho no lo encontré hasta la semana siguiente. Primero limpiaba. Después de buscar, cerraba el navegador, borraba todos los rastros de mi navegación, desinstalaba el programa y me iba a casa. El vigilante, a quién le tenía que devolver las llaves, me preguntaba que porqué tardaba tanto. Le dije con una sonrisa cómplice que chateaba con mi novio un rato. Él sonrió guiñando un ojo.
La verdad es que solo disponía del ordenador una hora, desde las doce hasta la una. Mirándolo con la perspectiva que da el tiempo, fue una suerte que encontrase el anuncio tan pronto.
El anuncio era de un chico de Madrid de unos 30 años, rico, sin padres y sin hermanos, que buscaba una esclava y, esto era lo más importante, pagaba mil euros al mes. ¡Mil euracos como dicen en España! Pero lo más importante era que ¡¡¡los mil euros podían quedar para mi enteritos!!! Además de ganar dinero iba a vivir gratis en su casa.
Obviamente el corazón se me desbocó. Me hacia ilusiones, muchas ilusiones. Me fuí a casa muy contenta. Pero al llegar a casa, mi estado de ánimo bajó. En primer lugar, sospeché que recibiría muchas respuestas. ¿Y si no elegía la mía? ¿Y si no me respondía?
Por otra parte, necesitaba contestar. Para ello necesitaba una tarjeta con dinero para pagar los 50 dólares que me pedían para recibir la dirección de correo del chico. Tenía que conseguir una. Aquella noche no pude dormir hasta muy tarde. En mi familia nadie tenía ni había tenido nunca tajeta. Y este primer obstáculo me preocupaba.
Como sólo trabajaba por la noche, tenía todo el día para conseguir una tarjeta. Y pensé que la única manera de conseguir una tarjeta de crédito era robarla. Me pasé todo el día paseando por el centro comercial y turístico de Atenas buscando una oportunidad. Nunca había robado nada, y si no lo hice, no fue por falta de ganas. Pero me asustaba que me cogieran.
A media tarde, después de estar todo el día dando tumbos por aquí y por allá, ojeando a ver si salía una oportunidad, vi salir de una cafetería céntrica a dos hombres. Uno de ellos tenía unos 40 años y era bastante gordo, y su acompañante era un hombre de unos 60. El gordo llevaba la corbata abierta y la chaqueta del traje doblada y colgada en su codo izquierdo. En un bolsillo vi la parte superior de una cartera. Me dije: "Esta es mi última oportunidad. Nunca se me presentará una oportunidad tan clara como esta." Les seguí y cuando pararon en un semáforo en rojo, me puse a su izquierda (obviamente el hombre mayor estaba al otro lado) y puse mi mano en su bolsillo de la chaqueta y estiré con mucho cuidado. La mano me temblaba un montón, como si tuviera parkinson. Cuando el semáforo se puso verde, yo continúe al mismo paso y ligeramente detrás de ellos, porque pensé que así no levantaría sospechas. A los pocos metros se metieron en un edificio de oficinas. Lo que yo pensé: eran ejecutivos que habían salido ha tomar algo a la cafetería más cercana para despejarse un poco.
Cuando pensé que me encontraba a salvo, miré lo que había en la cartera: casi 500€, documento de identidad y dos tarjetas de crédito. ¡Bingo! Miré el reloj y aún me quedaba una hora para tomar un autobús para ir al trabajo. Tenía que actuar de prisa antes de que el gordo anulara las dos tarjetas. Fui a un banco, miré en su documento la fecha de nacimiento y probé con el año, primero tal como se lee y después al revés. Después probé con el día y el mes de nacimiento, primero en el sentido normal y después al revés. No salió. Estaba desesperada. Habían varios papeles, y en uno estaba anotado el número de móvil. Mucha gente no sabe su número de móvil. Supongo que el gordo lo llevaba anotado por ello. Tecleé los cuatro primeros números, los cuatro últimos, tanto del derecho como del revés. Desesperada y casi llorando, tecleé los cuatro números centrales. ¡Bingo! ¡Acerté!
De una tarjeta pude sacar 2.000€. La otra la reservé para pagar por internet. Me fui corriendo a trabajar. El vigilante me riñó por llegar tarde. Le pedí que retrasara el reloj de fichar. Me dijo que no podía hacerlo. Necesitaba mi trabajo por si algo salía mal. Le dije que se la chupaba a cambio de retrasar el reloj. En la empresa eran muy estrictos. Acertó pero me dijo: "Tienes que tragarte la leche entera y limpiarme la polla con tu lengua. Mi mujer es una vieja zorra que se las sabe todas."
Una vez en la oficina, me senté al ordenador y una vez en la web, seguí las instrucciones que me pedían. Introduje los datos de la tarjeta y todo fue bien. Así obtuve la dirección de correo de "estrict", así se hacía llamar.
Le escribí un mail muy corto en inglés porque aunque sabía algo de inglés, no era como para escribir una novela. Usé frases simples y cortas, tal como nos recomendaba nuestra profesora de inglés. Simplemente le dije que me encantaría ser su esclava y que por mil euros al mes, comida, ropa y alojamiento aparte, era capaz de hacer todo lo que me mandase. Después me puse a trabajar.
Antes de irme a casa, abrí de nuevo mi correo y allí estaba la respuesta. Me pidió una foto de mi cara tomada por mi misma frente al espejo con el móvil. Y si le gustara mi cara, me contestaría para pedirme alguna foto desnuda frente al espejo. Me fui al cuarto de baño de la oficina y me saqué la foto. La adjunté a otro mail y lo envié. Cerré la cuenta de correo, bajé de nuevo el programa, lo instalé, borré todo, lo desinstalé y me fui a casa cerca de las dos de la mañana. Desde la parada del autobús hasta casa tenía un buen trayecto caminando, así que paré en un banco y saqueé la segunda tarjeta y las tiré a un contenedor de una obra.
Al día siguiente estaba supernerviosa esperando que llegara la hora de ir a trabajar. Nunca en mi vida había tenido ganas de ir a trabajar, y ahora lo deseaba 100X100. Pensé en ir a un ciber pero pensé que no tendria bastante intimidad, así que esperé. Cuando llegué, seguí el procedimiento habitual y cuando abrí mi correo, allí estaba su mensaje. En él me dijo que le enviara varias fotos desnuda, pero como ÉL estaba conectado, pudimos chatear malamente por culpa de mis pocos conocimientos del inglés. Le pregunté si el hecho de haberme pedido las nuevas fotos es que estaba seleccionada o algo así. Me contestó que buscaba en su chica dos cosas: que estuviese bastante bien físicamente, y que la foto que le envié me vio bastante guapa, y que fuese sumamente obedientes. Yo le contesté que estaba dispuesta a obedecerle en todo y ÉL me respondió que eso lo comprobaría ÉL mismo si yo resultaba seleccionada. Llegado a este punto, ÉL decidió dar por terminada la conversación.
Me hice las fotos tal como me pidió (de frente, de ambos perfiles y de espalda enseñando el culo) y se las envié. Como estaba conectado, le pedí su opinión sobre las fotos y me dijo que tenía que tomarse su tiempo para compararlas con fotos de otras chicas. Le supliqué su opinión, le dije algo así que me ponía online de rodillas para suplicarle que opinaba de mis fotos. Naturalmente, no estaba de rodillas pues el ordenador no tenía cámara. Me contestó que las fotos desnuda le confirmaron lo que la foto del primer plano le sugirió: que físicamente yo era guapa. Y añadió que sólo faltaba mi disposición a la obediencia. Le contesté que estaba muy dispuesta a obedecerle en todo. Me pidió que le escribiera mi nombre, teléfono fijo, nº de móvil y dirección, y así lo hice. Me extrañó que me lo pidiera en lugar de ordenármelo, y se lo dije, y ÉL me constestó que ya me daría ordenes si me convertía en su esclava, que tuviera paciencia. Le reiteré mi disposición a obedecerle en todo en cuanto me mandara. Me dijo: "Te voy a hacer dos preguntas. Quiero que contestes la verdad." Enseguida sospeché que era una especie de prueba. Y efectivamente lo era. Primero me preguntó si sabía lo que significaban las palabras "kill", "murder" y "assassinate". Respondí que si. Me preguntó si estaba dispuesta a matar si ÉL me lo ordenaba. Una idea cruzó por mi cabeza como un relámpago. Me di cuenta de que la prueba no sólo consistía en responder si o no, sino la rapidez con que respondía. Sin dudarlo contesté enseguida que si. Obviamente, Él era muy listo. La segunda pregunta era si estaba dispuesta a quedarme embarazada y que me quitara el niño para no verlo nunca más, y yo respondí que si. Al igual que en la anterior ocasión, primero me preguntó si conocía el significado de varias palabras clave.
Estaba claro que Él jugaba fuerte. Al día siguiente tenía un mail en la bandeja de recibidos. En él me decía que había subido mis fotos a una web suya y me pasaba el enlace. Se llamaba would-be my female slaves, o sea, algo así como las aspirante a ser mis esclavas. El enlace me dirigió a una parte de la web donde había subido mis fotos desnuda. Además había escrito mi nombre, mi dirección postal y hasta mi teléfono. Todo el mundo podía ver mis fotos, pero además podía llamar al teléfono fijo de la casa de mis padres y decirles cualquier cosa. Me quedé aterrada, confundida y terriblemente enojada.
Ojeé la página web y vi que había 84 aspirantes a ser sus esclavas y todas tenían fotos publicadas en cueros. Vi que había mucha competencia pero que que yo era una de las más guapas y sexis.
Al día siguiente tenía otro mail en él que quería que le contara mis sentimientos al ver las fotos publicadas. Le contesté que más que las fotos me indignó que publicara mis datos personales. Me contestó que si quería que los borrara, lo borraría todo, hasta las fotos, y que ya no seguiría siendo candidata. Dijo que ya había borrado 4 perfiles. Le contesté que no quería, pero aproveché la ocasión de decirle que yo era una de las más guapas y sexis, que estaba entre las 10 primeras, y que en disposición a obedecerle, estaba la primera. Me contestó que efectivamente era de las más guapas y sexis.
Durante las dos próximas semanas se negó a chatear conmigo. Una vez me aseguró que estaba chateando con otras aspirantes. Pero al cabo de ese tiempo, se puso a chatear conmigo y me comunicó que yo era ya una de sus tres esclavas. ¿Tres?, contesté yo. Si, tres, contestó. Como tengo bastante dinero para tener tres esclavas, me doy ese lujo. A pesar de la novedad, me alegré un montón. Por fin iba a ver mi vida resuelta y haciendo lo que más me gustaba. Por un lado no me gustaba la idea de compartirle con otras pero, por otro lado, le daba más interés al asunto.
Pero de repente me entró pánico y le pregunté si era un amo muy sádico, de hacer mucho daño. Y me contestó que no, que sólo me pegaría un poco, pero que el castigo sicológico a veces era mucho peor. Y que de este tipo de castigo me iba a dar mucho.
Le pregunté que tenía que hacer, y me contestó que esperar unos días a que lo preparara todo. Que mientras tanto, siguiese con mi vida normal y que leyese mi correo.
Tres días más tarde me preguntó como estaba de ropa. Le dije que tenía poca y de baja calidad. Me contestó que me iba a mandar 5.000€ para que me comprara ropa de buena calidad. Ropa de verano y sexi, faldas y vestidos cortos y blusas escotadas. Y que le mandara fotos de la ropa que comprara.
También me mandó una foto suya desde la cintura para arriba. La verdad es que no estaba nada mal. Alto, delgado, de unos 30 años y con bola en los brazos. Se notaba que iba al gimnasio.
En cuanto recibí el dinero, me compré la ropa que me pedía y como me la pedía. Me compré dos vestidos cortos y con faldas con vuelo, otros dos cortos y ajustados al talle marcando muy bien las curvas de mi cuerpo, dos faldas muy cortas, tres blusas muy escotadas y algo de ropa interior. Nunca había tenido ropa de este estilo y tan bonita. Al principio me sentía muy rara, pues desde que dejé de ser niña abandoné los vestidos y las faldas por los pantalones, mucho más prácticos para la gente pobre.
Obviamente mis padres se extrañaron, pero eludí el tema de mi nueva ropa como pude. Aquel fin de semana me saqué fotos frente al espejo del cuarto de baño con mi nueva ropa y el lunes se las envié a Él por la noche desde la oficina, tal como habíamos pactado. Me compró un billete de avión para Madrid.
El día señalado, partí con muchos nervios en avión con destino Madrid. Iba a iniciar una nueva vida, completamente diferente a la anterior, pero eso merece una entrada nueva.

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